Cuatro sentidos
8/13/2026


La habitación huele a cansancio. Me remango, suenan las campanas de las tres. Todavía no he comido.
El aire pesa, denso, sobre mis párpados. Tengo que salir de aquí. Fuera huele a lluvia y a las tormentas de verano. Todavía puedo salir al trote a por un helado y volver dando un paseo haciendo eslalon entre los árboles de la avenida. La puerta está a cinco pasos, solo tengo que abrir, bajar las escaleras y salir. A mi derecha rozo la libreta. Todavía no he cumplido los objetivos de hoy, debería quedarme. Una punzada en las sienes. Una brisa de aire me acaricia el rostro y me inunda el recuerdo del sabor a pistacho derritiéndose en mi boca. Cojo las llaves. Hay que parar el deber y crecer con otros horizontes.
Muchas veces, como escritores, escribimos mirando. Describimos colores, formas, gestos y paisajes, y olvidamos que el mundo también entra por el olor de la lluvia, el tacto de una mesa, el peso del aire o el sabor de un helado. Un ejercicio interesante es parar, abrir el cuaderno, la hoja de texto en blanco y escribir un párrafo sin hacer ninguna descripción visual. Se descubren recursos que normalmente pasan desapercibidos.
Este ejercicio se me ocurrió hace unos meses. Tenía ansiedad y un amigo me recomendó fijarme en diez cosas que pudiera ver, cinco cosas que pudiera tocar y tres cosas que pudiera oler. Al final aquellos dieciocho elementos me arrancaron una sonrisa y me dejaron la mente en reposo. Escribí el ejercicio sin prisa, dedicándole tiempo.
A veces solo hay que dejar de mirar y enfocar la percepción en otra parte.
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