La Piedra
7/6/2026


Había miles, las pisaba, caían rodando pendiente abajo. La planta de mis botas se adaptaba a su forma, apenas las sentía a través de la suela. El agua rebotaba en su superficie. Mi abuelo me había dicho que encontrase una y se la llevase. Me había adelantado varios metros del grupo y apenas los oía detrás de mí, debatiendo sobre las últimas novedades familiares. Miré atrás y mi abuelo levantó la mirada, alzó la mano y sujetó con dos dedos una figura invisible, preguntándome si ya la tenía. Negué con la cabeza y me di la vuelta, rauda.
Miré al río, a mis pies y me fijé en sus orillas. La vi. Dentro del agua, de líneas doradas y naranjas mezcladas con trazas negras. Era preciosa.
Busqué a mis padres, pero iban rezagados. Me regañarían si me empapaba el pantalón. Lo valoré unos segundos y me lancé al agua helada sin escuchar los gritos de preocupación de mis tías, ya lo solucionaría después.
Las punzadas me abrasaban la piel. Los huesos de los dedos empezaron a doler. Se me clavaban los cantos en las plantas y me resbalaba con las algas. Llegué hasta ella, metí la mano e intenté agarrarla, pero se me escurrió entre los dedos. Su superficie era gelatinosa. Miré hacia el camino, mi padre se arremangaba los pantalones para venir a buscarme, murmurando enfadado entre dientes. Me quité la camiseta, oí varias exclamaciones agudas y la usé para cazarla, así sería imposible que se escapase. Hice un hatillo con la prenda e intenté volver, pero la corriente tiraba de mí hacia el otro lado, hacia donde el río corría más rápido. Mi padre se aferraba a las ramas lloronas de los sauces, asegurándose un agarre para poder salir. Me gritó que no me moviese y obedecí. Llegó hasta mí, me agarró por la cintura y se impulsó usando la rama como apoyo. Nos llevó hasta la orilla palmo a palmo, con paciencia, las mandíbulas apretadas, concentrado. Cuando llegamos al camino me soltó con rabia y se tiró al suelo, resollando. Le pregunté si estaba bien, pero solo recibí una mirada furiosa y la mano de mi abuelo en el hombro, que me invitaba a apartarme de mi padre.
Cuando estuvimos solos, me preguntó, con mirada pícara, si la tenía. Asentí y abrí la camiseta para mostrársela, orgullosa. Destapé la última capa con ceremoniosidad y observé su reacción. Parecía decepcionado. Bajé la mirada. Era imposible. Era sosa, normal, lisa y sin ninguna línea que la distinguiera, ni ningún color distinto del gris plano. Expliqué que esa no era la que yo había escogido, que la mía tenía una capa resbaladiza y vetas doradas y naranjas. Busqué entre la corriente, pero no vi nada. Mi abuelo se agachó y examinó las heridas que me había hecho en las pantorrillas, algunas sangraban y otras eran finas líneas rojizas que se iban hinchando a medida que se secaban. Picaba.
Volví a mirarla y la toqué, rugosa. Mi madre vino a examinarme las piernas y me pidió que me portara bien. Luego me ordenó que le pidiera disculpas a mi padre y le preguntó a mi abuelo si había tenido algo que ver, a lo que mi abuelo respondió con un encogimiento de hombros y una sonrisa.
Me dejaron sola mientras decidían si continuar el camino o regresar. Yo seguía aferrándome a ella, desconcertada. Me agaché junto a un remanso del río y la sumergí. Las vetas empezaron a dibujarse, al principio sutiles y luego intensas. ¡Abu! ¡Mira! Mi abuelo se apresuró y observó conmigo el fenómeno, impresionado. Mis padres le regañaron, enfadados y él los hizo callar con un ademán. Me dijo que tendría que guardarla en agua y que, cuando dejase la habitación, la sacase para que nadie me la robase. Se lo prometí.
Todavía la guardo.
El reto de este ejercicio es escribir sobre un objeto sin nombrarlo. Descubre hasta dónde puedes acercarte sin decir su nombre.
Tálamos
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